¿Que hay nubes? Para mí, sol. ¿Que llueve? Me pongo en manga corta. ¿Que me chillan? Asiento con la cabeza y sonrío. ¿Huelga de metro? Cojo la moto -o la bici- ¿Tasa récord de paro en este mes? Me agarro a mi silla fuerte, fuerte, fuerte. ¿El Atleti va colíder? Ya caerá. ¿En este bar solo tienen San Miguel de barril? Ponme un tercio de Mahou ¿Se lleva la barba? Apuro con una pasada más el afeitado de esta mañana. ¿Somos demasiados? Donde caben dos caben tres, o más. ¿Beatles o Stones? The Smiths. Y Morrissey. Y Johnny Marr. ¿Los miércoles cocido? Los jueves paella y sobre todo los viernes cañitas. ¿Ya no me quieres? Yo te deseo más que nunca. ¿Te quedas? Me voy; pero vente conmigo.
¿Sigo o qué? ¿Es que no te diste cuenta? Hoy es viernes y lo demás no importa.
Aquel tugurio olía rematadamente mal. La ley antitabaco había traído tantas consecuencias buenas como malas, y entre estas últimas se encontraba el descubrimiento de un amplio abanico de aromas corporales no siempre agradables que antes pasaban desapercibidos aplastados por la uniformidad del olor a tabaco. Parecía como si ese día hubiera una concentración de gente que había renunciado a lavarse ciertas partes de su cuerpo con la frecuencia necesaría para evitar la, digamos, natural fermentación orgánica. Y yo, que por naturaleza tiendo a la obsesión, me estaba rayando con el olor a sobacazo.
Esperaba. Mi forma de ser me invita a pensar en cosas intrascendentes para hacer que el tiempo pase lo antes posible y la espera sea más llevadera, pero el ambiente de ese garito me lo estaba poniendo difícil. Por alguna razón que ahora no recuerdo llegué a la conclusión de que él aparecería por allí ese día y sin dudarlo me aposté en una de las mesas del bar en cuanto su dueño subió la verja a primera hora de la tarde.
Hacía meses que no me lo quitaba de la cabeza. Sólo le había visto una vez, en una de esas quedadas que hacemos antiguos compañeros de facultad y él venía acompañando a un amigo. Estuvimos tomando cervezas en este mismo tugurio en el que recuerdo que entonces se podía fumar. No cruzamos más que unas pocas frases y, aunque es verdad que hubo tres o cuatro cruces de miradas, en ese momento no me llamó la atención así que no entendía por qué tenía esas ganas de verlo; yo nunca he sido así. Me ha ocurrido como con algunos de mis discos favoritos, que al principio sus canciones no me decían nada pero según voy volviendo sobre ellas me van gustando más y más hasta convertirse en algo imprescindible en mi vida. Pero él no era un disco.
Ahora había llegado el momento. La necesidad de volver a verle era superior a mi proverbial timidez, así que me lancé a descubrir por qué me ha tenido que suceder a mí aquello que solo creía posible en los demás. Y allí estaba yo, esperando a alguien que podía hacer cambiar mis hasta el momento sólidas convicciones acerca de las relaciones humanas.
A veces la intuición femenina no falla: la espera no había sido en vano y, como había supuesto, él apareció en aquel bar. Le miré, ¿me reconocería? Me miró y sí, me reconoció. Sonrió y se acercó a mi mesa. El éxtasis.
En otras ocasiones esa intuición es un completo desastre: él se sentó a mi mesa y al poco empecé a notar que en el tugurio aquel olor a humanidad ya no era malo. Sencillamente se había convertido en irrespirable. El desencanto.
Mira, vuelven a reponer aquella peli de hace 30 años que tanto nos gustaba. Y en el mismo cine, ese cine. Parece mentira pero después de todo el tiempo que ha pasado siga siendo una sala donde proyectan películas y no una tienda de ropa de esas que hay miles en cualquier rincón del planeta. Vale, ahora que lo recuerdo era una peli un poco tontorrona y puede que todo este tiempo que ha transcurrido desde entonces la haya hecho envejecer peor que a nosotros. Pero esa era nuestra peli y aquel nuestro cine, y no pienso renunciar a eso así pasen otros 30 años. Son casi las 10, nos da tiempo ¡venga! entremos a verla. No pongas esa cara, iremos atrás en el tiempo y, verás, otra vez tú volverás a ser tú y yo seré ese yo que tanto te gustaba. Es curioso, no sé si ha sido coincidencia o qué pero hoy te has echado esa colonia que solías ponerte antes ¡mmmm...! Te estoy viendo como eras entonces. Vamos allá. Dame la mano, sí, dame la mano y vamos a cruzar la calle ahora que no pasan coches. Cuidado con ese charco... Vaya, ¿te has dado cuenta de cómo lo has saltado? Has volado y me has llevado contigo.
- Dos butacas para la sala 3, por favor.
- La película ya ha empezado señor.
- Lo sé. Hace más de 30 años.
Conforme pasaban los minutos la espera se iba haciendo cada vez más insoportable. Volvió a mirar al reloj de la pared y le dio la sensación de que las manecillas no se movían. Parecía que no funcionaban pero el tic-tac era la prueba irrefutable de que seguían en marcha y el tiempo no se había detenido. Pero eso no le consolaba y la espera seguía siendo una agonía interminable.
Conforme pasaban los minutos la espera se iba haciendo cada vez más llevadera. Volvió a mirar al reloj de la pared y le dio la sensación de que las manecillas volaban. Parecía que iban más deprisa de lo normal pero el tic-tac era la prueba irrefutable de que la velocidad era constante y no había ninguna aceleración. Pero esa sensación de fugacidad le fue mitigando la angustia de los primeros instantes.
Optó por no pensar más en eso, al menos durante un rato y se centró en el papel que tenía delante de él. Las instrucciones que contenía eran claras y precisas, así que se dispuso a cumplirlas al pie de la letra. Era de esas personas que acatan una orden sin discutir ni una coma y esta forma de ser le permitía anclarse a la realidad con mayor firmeza.
Optó por pensar en eso, al menos durante un rato y no dar importancia al contenido del papel que un momento antes aquel hombre le había mostrado Las instrucciones que contenía eran claras y precisas, pero no dar nada por sentado formaba parte de su naturaleza. Era de esas personas que todo lo discuten, esencialmente inconformistas y esta forma de ser le permitía de huir de una realidad que no le gustaba.
"Cuando den las 12 en punto apague y encienda la luz de la habitación tres veces seguidas. Después diríjase a la ventana, ábrala y asómese. En la parada del bus que hay enfrente verá a una persona que se encenderá un cigarrillo. Ejecute las órdenes y después váyase", leyó.
"Cuando den las 12 en punto apague y
encienda la luz de la habitación tres veces seguidas. Después diríjase a
la ventana, ábrala y asómese. En la parada
del bus que hay enfrente verá a una persona que se encenderá un cigarrillo. Ejecute las órdenes y después váyase", recordó.
Llegó la hora. Sacó un cuchillo, cortó las ataduras de su prisionera y le señaló la puerta con gesto imperativo. Por primera vez en su vida no hizo lo que de él se esperaba. Una lágrima se deslizó por su mejilla, se sintió avergonzado y cerró los ojos. Notó que unos labios cortaron la trayectoria de esa lágrima. Sonrió pero cuando volvió a abrir los ojos ella ya no estaba allí. No la volvería a ver pero nunca olvidaría esos días en que tuvo por fin a alguien a su lado.
Llegó su hora. Cerró los ojos y notó que sus muñecas se liberaban de las ataduras. Miró a su captor con incredulidad y vio cómo este le señalaba imperiosamente la puerta. Por primera vez en su vida cumplió una orden sin replicar. Se levantó y fue hacia la salida pero cuando pasó al lado de su guardián se detuvo, le dio un beso en la mejilla y echó a correr lejos de allí. No le volvería a ver pero nunca olvidaría los días en que por fin tuvo a alguien de su lado.
Andrés Nogales Maldonado, apostado tras una gran piedra en lo alto de una loma que dominaba toda La Raya, pensó que esa era la última vez en mucho tiempo que vería el anochecer en su patria antes de cruzar al Otro Lado. En esa nueva tierra le aseguraron que pronto se convertiría en un hombre nuevo, y solo rezaba porque la fortuna se pusiera de su parte porque los contactos de allá ya los tenía hechos y los coyotes de acá estaban apalabrados.
Andrés Nogales Maldonado no era un valiente, no le gustaba apostar sino era sobre seguro y después de muchos años buscándose malamente la vida había conseguido reunir lo suficiente para poder dar este paso. A su manera era un tipo metódico, organizado, no le gustaba dejar ningún cabo sin atar. Para ciertas cosas era excesivamente pulcro rayando la neurosis, de esos que cuando escriben repasan el punto de cada "i", y odian que una "o" no esté bien cerrada. Las cosas bien hechas. Por eso para cruzar La Raya con seguridad y llegar al Otro Lado tenía claro que no había que dejar nada al azar, que debía contactar con profesionales, pagarles lo justo en estos casos y mirar hacia adelante sabiendo que había hecho lo preciso para llegar allá y empezar a prosperar.
Andrés Nogales Maldonado esperaba la señal convenida. Volvió a sacar su cartera y contó por enésima vez todo el dinero que llevaba, el pasaporte para la nueva vida. De entre los billetes una foto rasgada cayó al suelo. Se veía un grupo de chicas vestidas de domingo y en el centro destacaba una que sonreía más que las otras. Besó la foto y se la guardó en el bolsillo de la camisa, el que está justo a la altura del corazón. Ella era lo único que echaría de menos mientras estuviera en el Otro Lado, pero también era su motivación para ir allá, triunfar y volver a su patria a buscarla en un gran coche vestido con ropa cara. Entonces sí que se fijaría en él, se daría cuenta por fin de que él era alguien.
Andrés Nogales Maldonado escuchó un aullido sordo y cercano, y supo que el momento había llegado. Distinguió unas sombras en la oscuridad y fue directo a ellas. Tres hombres le esperaban y el más alto de ellos se dirigió a él de forma apremiente.
- ¿Trajo la plata señor?
- 4000, aquí lo tienen todo. Cuenten los billetes, -dijo Andrés sacando el fajo de la cartera.
- No hay problema, está bien. Su cara es de fiar. Ahora confíe usted en nosotros, síganos y le llevaremos directo al Otro Lado.
Andrés Nogales Maldonado miró fugazmente hacia atrás, se tocó el bolsillo de su camisa, esbozó media sonrisa, se santiguó y se fundió en la noche siguiendo a los tres coyotes.
Hombre desnudo e indocumentado, alrededor de 30 años, tez oscura, cabello negro, tatuaje en brazo derecho con un nombre: Evangelina. Pasados los 7 días legales sin que nadie reclame el cuerpo, se procede a su inhumación. Fdo. El Jefe de Policía de Nueva Fortuna.
Sonó el despertador a las 8 como cada mañana. Hoy se hizo la remolona más de lo habitual y dio unas cuantas vueltas antes de levantarse lentamente de la cama. Estiró sus larguísimos brazos y mientras se iba despejando hizo un repaso mental de todas las cosas que le ocurrieron ayer. Fue un día sin un momento de respiro, le había ocurrido de todo y deseaba que hoy la cosa fuera de otra forma. Por un momento dudó qué día de la semana era "¿Jueves o viernes? No, viernes seguro".
Se miró en el gran espejo de cuerpo entero que dominaba el dormitorio y acercó la cara. Escrutó sus facciones y maldijo las incipientes arrugas que asomaban en un rostro aún juvenil. Cerró los ojos y se hizo un leve y rápido masaje sobre los párpados. Los abrió. Mucho mejor. Ahora se veía casi perfecta y para lograr el 10 decidió que tenía que maquillarse y vestirse esmerándose aún más de como solía hacerlo diariamente. "Hoy mataré".
Si algo dominaba en la casa era el enorme vestidor, la Habitación de la Vida como ella la llamaba. Era el lugar donde programaba quién iba a ser ese día y pasaba el tiempo necesario, a veces horas, decidiendo cómo. Lo que siempre tenía claro cada vez que entraba en ese cuarto era que cuando saliera de allí tenía que ser alguien nuevo, una personalidad a estrenar.
Esa mañana se sentía poderosa y eligió la ropa adecuada para acompañar esa sensación de plenitud que la recorría cada palmo de su cuerpo y que le daba la seguridad de conseguir cualquier cosa que se propusiera. "No voy a ser la de ayer, hoy quiero dominar el mundo".
Impecablemente vestida y destilando clase por cada poro de su piel tiró al suelo con desprecio el anodino uniforme que vistió el día anterior, lo pisó altivamente con los taconazos en los que se apoyaban cada una de sus interminables piernas, y pasó por encima del personaje que le tocó representar y que juró que nunca volvería a ser. Se puso una gabardina, cogió un maletín y salió de casa dispuesta a comerse el mundo.
Paró un taxi y el conductor, después de hacerle un rápido examen visual, preguntó: "¿Wall Street señora?" "No a Broadway, Gerswhin Theatre. Rápido, tengo audición a las 10".
El semáforo se ha puesto en ámbar y por primera vez en mi vida he dudado si seguir o pararme. Ya sé que el código dice que cuando se pone amarillo es obligatorio detenerse porque el semáforo, esa señal con vida propia pero no inteligente, te está enviando un mensaje: "cuidado, me voy a poner en rojo en cerocoma, ¡párate!". Pero hay que ser realistas, casi todo el mundo lo interpreta de otra forma: "joder, el puto semáforo se va a poner en rojo, ¡acelero!"
Dicen los que saben que los seres humanos utilizamos un pequeño porcentaje del potencial de nuestro cerebro. Los que saben dicen que algún día aprenderemos a comunicarnos entre nosotros sin lenguaje hablado ni escrito, será simplemente mediante telepatía. Ellos profetizan que ya no habrá más teles ni radios ni móviles ni chats ni facebook ni siquiera existirá este blog ni nada, porque toda comunicación, por fin, será mental.
Queridos sabios, creo que vuestras profecías llegan un poco tarde.
Hoy voy en bici, el semáforo está en ámbar y voy a detenerme. El del coche de atrás se acaba de acordar de toda mi familia. Lo sé.
Al entrar en el portal una gota de agua le cayó en la nariz, miró hacia el techo y descubrió una enorme gotera. Ella meneó la cabeza, esquivó el charco del suelo, sacó una llavecita y abrió su buzón como hacía rutinariamente cada tarde después de venir de trabajar. Igual que cualquier lunes, una buena remesa de cartas se acumulaba desordenadamente en el interior del casillero. Repasó con rapidez la correspondencia: bancos, facturas, publicidad, más facturas, más publicidad, ... ninguna postal desde Isla Mauricio o Las Vegas, en su cara se dibujaba una irónica mueca.
"Un momento". De entre el fajo descubrió una carta con su nombre manuscrito; la dio la vuelta para ver quien la remitía pero no había rastro. Desde hace mucho tiempo no esperaba nada de nadie. "¿Quién?" Tiró de recuerdos escondidos en décadas gloriosas y pensó en Este o Aquel, quizá un ex con ganas de recuperar contacto o "puede que alguien al que le dije No" y vuelve a intentarlo nostálgicamente años después. "¿Y por qué no un admirador anónimo? Esas cosas a veces pasan". Nervios infantiles en forma de temblores afloraron en la mano que sujetaba aquel sobre.
Se sorprendió subiendo las escaleras de tres en tres hacia su piso y cuando llegó a su puerta no atinó a meter a la primera la llave en la cerradura. 180 latidos por minuto, su corazón batió un record personal. Nuevo intento y esta vez sí; abrió atropelladamente la puerta y tiró su abrigo, el maletín del pc y toda la correspondencia en la primera silla que encontró a su paso. Solo se quedó con aquella carta, la carta. La agarró con las dos manos y estudió la cuidada, casi primorosa letra con la que estaban escritos su nombre y dirección, "debe ser alguien especial". Intentó calmarse respirando hondo y mientras abría el sobre pensó que hacía siglos que nadie le escribía de su puño y letra, y eso era algo realmente extraordinario.
Estimada Maite. Te informo de que esta tarde a las 18:30 h. en 1ª convocatoria y 19:00 h. en 2ª, tendrá lugar una Junta Extraordinaria de la comunidad de propietarios. El asunto a tratar es lareparación de la gotera del portal. Ruego tu presencia y si no vas a asistir puedes delegar tu voto en otra persona autorizándola con el cupón adjunto. Disculpa la premura del aviso pero esto urge arreglarlo ya. Recibe un saludo afectuoso de tu Presidente.
Un día, el hombre se sentó frente a la maceta que recién había plantado con una pequeña semilla y que había regado con la regadera de latón que guardaba en el armario de las cosas. El hombre decidió que hasta que no viera salir un brote de esa tierra negra, húmeda y de olor fecundo, no dejaría de mirar ni se levantaría del suelo; él era una persona metódica y necesitaba comprobar que todo lo había hecho bien.
Calculó que la cosa era cuestión de unos pocos días y se preparó con todo lo necesario para aguantar en la posición. Acumuló comida a su alrededor, preparó ropa de abrigo para las noches, se surtió del suficiente agua para regar tanto la maceta como su propio gaznate y no se olvidó de meter en una nevera de esas portátiles varias bolsas de hielos y una botella de champán: el brote debía culminar con un mererecido brindis.
Los días se sucedían y el paso del tiempo se hacía evidente en las barbas cada vez más luengas del hombre. Las ojeras ocupaban más y más superficie en su desgastado rostro, el ánimo flaqueaba y aunque el agua estaba empezando a escasear él decidió mantener la posición, firme, seguro del feliz acontecimiento. "Tiene que aparecer, tiene brotar".
Un extraño olor alertó a toda la comunidad. La llamada de un vecino puso a la policía sobre aviso. Nadie contestaba al timbre así que derribaron la puerta. El hombre ni siquiera volvió la cabeza; su única reacción fue poner el dedo índice en los labios mientras miraba fijamente a un tiesto que solo contenía tierra.
Son las 5 menos cuarto de la madrugada, sigo despierto y para lo que queda ya no dormiré nada. Visto así ¿es tarde o es pronto? Siempre me lo he preguntado cuando tengo una de esas noches insomnes y me encuentro a medio camino entre el momento en que me acosté y el amanecer, que es cuando suelo despertarme.
Vuelvo a repasar lo que haré cuando me baje de la cama y plante los dos pies en el suelo, un acto que desde hace años se convirtió en ritual cuando no me quedó claro si era bueno o malo levantarse con el pie izquierdo o el derecho.
Dicen que levantarse con el pie izquierdo se supone que da mala suerte pero creo que eso es un punto de vista diestro, de aquella gente que ve y ha diseñado el mundo con la derecha. Una insidia en toda regla porque ¿qué pasa con los zurdos? ¿qué opinarían ellos? ¿acaso son desafortunados por nacimiento? No lo creo, pero para su desgracia prácticamente todo está diseñado para ser usado con (y por) la derecha, así que esa gente que usa un hemisferio contrario al de la mayoría a veces se encuentra ignorada, desplazada e incluso, en épocas pretéritas, reconvertida para usar la diestra.
Y ¿por qué todo lo bueno, lo recto o lo directo es lo derecho? ¿Acaso tu madre, al verte comiendo encorvado te decía "ponte izquierdo"? ¿es el conjunto de leyes el Izquierdo? ¿estás agotado y te vas izquierdo a la cama? ¿el wc en un bar está al fondo a la izquierda? No. Hay un totalitarismo de la derecha, valga la redundancia.
En esta época supongo que aún queda pendiente una revolución zurda, la revuelta de esa minoría silenciosa que está entre nosotros y sufren la tiranía diestra. La otredad en la que el totalitarismo de estribor nunca piensa y siempre obvia.
Así que amigos zurdos, siniestros todos, vuestro momento ha llegado. Ahora que todo el mundo reclama por sus derechos ya es hora de que vosotros -¡oh, pueblo de babor!- exijáis la defensa de vuestros izquierdos.
Las 5 de la mañana... ¿por qué el Norte es arriba? ¿y por qué no es abajo? ¿quién lo decidió?
Atención, escucha, baja la voz. Para ya con esa verborrea que parece un atasco de palabras sin sentido y que atraviesa el aire en vaivén. Deja paso al silencio, regálame un poco de quietud, permíteme que disfrute del sonido de la nada. Necesito un rato sin distorsiones, calma para mis oídos, paz para mi alma, un momento para sentirme el único ser humano de la Tierra.
El viento sopla levemente en forma de brisa vespertina desordenando aún más tu flequillo. Los últimos rayos de sol se resisten a dejar de iluminar tu cara y, aunque te he visto así miles de veces, esta es de esas ocasiones en las que si pudiera pararía el tiempo para poder vivir ese instante en pausa como si estuviera dentro de una fotografía.
Creo que ya he estado aquí. Esto me suena ¿a ti no? Lo recuerdo así como en una nebulosa; ya sabes que la memoria no es mi fuerte pero estoy seguro de no equivocarme. Conozco este lugar, reconozco el olor, ese inconfundible aroma a deseo en el que tú y yo nos encontrábamos de vez en cuando. Sí, ahora recuerdo más nitidamente. Yo he pasado por aquí muchas veces y tú venías siempre conmigo.
- Voy bien por este camino, ¿verdad?
- Solo si no te importa llegar dando un rodeo.
La moral no está por los suelos. No, eso sería demasiado optimista porque cree que está aún más abajo, como en el sótano 5 o así. Otra vez se encuentra abatido, de nuevo los acontecimientos se precipitaron y nada salió como esperaba. Una ocasión más en que los planes que él diseñaba no seguían la teoría que Hannibal Smith, allá por los 80 del siglo pasado, enunció.
Ni siquiera esta vez su proverbial determinación a levantarse de nuevo cada vez que cae, su habitual perseverancia rayana en cabezonería, le salva de sentirse la penúltima mierda. Es más, ya piensa que aún puede caer más bajo, de ahí que acepte que no ha tocado fondo y que todavía hay margen para algo peor. Será en ese momento en que ya considere que ha alcanzado el lugar de honor, el sitio donde uno se siente completamente derrotado.
Por un instante se le ilumina la cara. Piensa que, quizá, cuando llegue a ese lugar fatal por fin podrá descansar de tanta lucha sin ningún resultado, de tanta magulladura emocional provocada por estrellarse una y otra vez contra el mismo muro. Estará donde no quería estar pero al menos estará en algún lugar, y no en esa horrible tierra de nadie donde todo es un quizá y nada es seguro. Y eso ¡qué coño! también es una victoria.
La moral está bajo suelo. Pero vuelve a pensar que la próxima vez, esta sí, por fin ganará.
Y la música Burt.
Sí, me refiero a ese mítico tándem de la cultura Pop que eran Hal David y Burt Bacharach y que tantos buenos temas nos han regalado en las últimas décadas. Pero ya no más, porque el gran Hal acaba de morir y ha dejado definitivamente sin pareja al gran Burt. Ha sido una larga y emocionante vida de 91 años que dio lo suficiente de sí como para escribir algunos de los más grandes himnos Pop de la historia, y que ha hecho del dúo David/Bacharach referencia indispensable en la cultura musical contemporánea.
Grandes de la música como Dusty Springfield, Elvis Costello, Gene Pietny, B.J. Thomas, Tom Jones, Diana Ross, Nina Simone, Isaac Hayes, Aretha Franklyn y multitud más disfrutaron interpretando joyas escritas por Hal y Burt. Porque aunque no nos diéramos cuenta -como con Leiber y Stoller, por ejemplo- ambos estaban detrás de muchas de las letras y melodías que en algún momento hemos tarareado bajo la ducha, silbado levemente al oído de la persona que amábamos o canturreado en un momento de atasco. Canciones en las que la sensibilidad, el lado positivo de las cosas, lo bueno de vivir o el amor explotan en cada estrofa siempre desde un tono elegante y delicado pero nunca ñoño.
Puro talento, puro Pop.
Estoy de acuerdo con Dionne Warwick, una de tantos intérpretes de las canciones de Hal David: aunque no éramos parientes es como si alguien de nuestra familia se hubiera ido.